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  Conquista de Los Andes
 
Un paseo espectacular desde Puerto Frías, en Bariloche, hasta las laderas del Volcán Puntiagudo, en Chile, con un condimento muy especial: Cruzar la Cordillera de los Andes montados en bicicletas.
Por Nicolás Muszkat

La claridad de la mañana presagiaba una jornada agradable. Y si bien en Puerto Frías, a pocos kilómetros de Bariloche, todavía estaba fresco, luego de tomar el desayuno decidimos junto a Alejandro, Josefina y Jerónimo, partir con las bicicletas hacia Peulla.

Recorrer los primeros 4 kilómetros en la subida por el camino de ripio implica, casi al instante, comenzar a desabrigarse, ya que el calor se hacía sentir. La pendiente, pronunciada y constante, exige un pedaleo forzado en los cambios más lentos que no todos pueden resistir (las personas con poca práctica deben bajarse de las bicis y caminar junto a ellas.)

Luego de un rato, pasaron algunas liebres y un cóndor hasta que, por fin, vimos el final del ascenso, justo en donde aparece el cartel de bienvenida a Chile. ¡Pero verdaderamente, qué lejos estaba! Los músculos pedían un descanso. Al llegar calentamos agua, preparamos unos mates, y caminamos hasta el hito que, rodeado por frambuesas de color amarillento, indica el límite exacto entre la Argentina y Chile.

Mientras contemplábamos el paisaje, elongábamos los músculos para evitar posibles calambres durante el descenso. También revisamos que todo el equipo se encontrara en orden: abrigo, antiparras (Rudy Project con vidrio amarillo), guantes de dedos largos, calzas, jogging y rompe-vientos.

Finalmente nos acomodamos las mochilas –luego de la parada, mucho más livianas, reseteamos nuestras ciclocomputadoras y nos lanzamos a recorrer los ocho kilómetros de bajada hasta Casa Pangue, ya en territorio chileno.

El camino invitaba a acelerar cada vez más: al dejar de accionar los frenos se pueden superar holgadamente los 40 kilómetros por hora. Sin embargo, conviene mantener un ritmo constante y realizar paradas a intervalos regulares porque, al utilizar los frenos, las manos y los antebrazos se cansan y pueden contracturarse.

En la bajada nos dividimos en dos grupos: por un lado, los que querían sentir la adrenalina sin medir riesgos y por el otro, los que priorizaban la llegada a Casa Pangue en una sola pieza. El primero de estos dos grupos arribó a destino casi media hora antes que el segundo.

A partir de esta localidad, el camino hacia Peulla es muy fácil. Inclusive es posible hacer el ascenso y el descenso en un colectivo de transporte local. La única dificultad que se puede presentar es que a veces, cuando reparan los caminos, quedan zonas con ripio grueso difíciles de transitar.

Al realizar este tramo resulta útil saber que la región corresponde a la selva valdiviana, la única selva pluvial de Chile, en la que llueven casi 5.000 milímetros anuales, por lo que es poco frecuente, aún en verano, que los días se mantengan soleados una jornada completa. Por eso lo recomendable es descansar en Casa Pangue para luego recorrer de un tirón los 18 kilómetros que restan hasta el pueblo de Peulla.

Cuando el grupo se unificó hicimos los trámites de migraciones para entrar a Chile; para nuestra sorpresa, nos enteramos de que al cruzar a Chile durante los fines de semana, los días festivos o después de las 4 de la tarde, se debe pagar un extra porque los empleados están cumpliendo funciones fuera de horario.

Como todavía era temprano, decidimos continuar por el camino hasta Las Mellizas, donde almorzamos y descansamos recuperando fuerzas al sol. Unos kilómetros después, un campo lleno de zarzamoras –o murras, como las llaman en Chile– nos invitó a gozar nuevamente del paisaje. El día soleado era poco común para la zona y nos permitía disfrutar a pleno de todas las bondades que nos ofrecía ese maravilloso lugar.


En Peulla

Avanzando con un suave pedaleo, casi sin esfuerzo, llegamos hasta una rudimentaria pista de aterrizaje enclavaba entre los cerros. Allí comenzaron a aparecer las primeras casas que indicaban la cercanía del sector urbano. Una bajada corta, un mallín entoscado que exige tránsito lento y llegamos a Peulla, donde el croar de las ranas y el hotel de madera, el mismo que hace un siglo fue testigo de las andanzas de los colonos, parecían darnos la bienvenida a la vez que ventilaban viejas intimidades.

En el afán de continuar con la aventura, seguimos hasta la casa de Sergio, guardaparque del lugar, que nos indicó las visitas más agradables para realizar en la zona. Dos de ellas: La Cascada Velo de la Novia, justo detrás del caserío, y la picada de acceso, en donde hay gran cantidad de especies arbóreas claramente identificadas.

La tarde pasó entre descansos y preparativos para el destino siguiente: El refugio de la CONAF, el equivalente a Parques Nacionales de nuestro país. Durante esos preparativos conocimos a Estanislao Sánchez y a su hija, dos antiguos pobladores del lugar, a quienes les alquilamos los botes para llegar hasta la bahía del lago, en donde comenzaba nuestra segunda jornada de aventura.

Luego de coordinar todos los detalles con Don Sánchez y de que nos explicara que en lago es conveniente navegar por la mañana y no por la tarde (el viento aumenta y las olas hacen lentos y riesgosos los movimientos con botes), nos deleitamos con dos botellas de "Chicha" casera y regresamos a la casa de Sergio, donde pasamos la noche.

A la mañana siguiente despertamos muy temprano. Dejamos las bicis en el galpón y fuimos al muelle. El bote que nos esperaba era pequeño y con un motor de 3 HP. Como navegábamos cerca de la costa, decidimos probar suerte con la pesca: Largamos al agua dos líneas y comenzamos a apostar quién tendría el primer pique. Mientras tanto, Alejandro sacaba todas las fotos que podía y Josefina cebaba mate. Aun con el bote lleno y sin poder movernos demasiado, la navegación por el Lago Todos los Santos era placentera.

Pasábamos justo frente a unos árboles cuando el sol se asomó sobre los cerros. Primero vimos el Volcán Puntiagudo, nuestro destino, y un poco más adelante el Osorno con su inconfundible cresta, pareja y redondeada cubierta de nieve. "Una postal", dijo Jerónimo y siguió durmiendo recostado sobre la proa.

Dos horas después llegamos al puerto de El Callao, un fondeadero natural con playa de arena que permite el ascenso y descenso de botes sin riesgo alguno. Allí comenzaba la caminata. Salimos a buen ritmo y casi una hora después llegamos al primer puente colgante, donde sólo Sergio y algunos más del grupo cruzamos sin mojarnos los pies.

Continuamos por la picada deteniéndonos cada media hora para tomar un poco de agua y recuperar fuerzas. A la mitad de camino, cuando ya habíamos andado casi 3 horas, hicimos un alto para almorzar y también porque el equipaje comenzaba a incomodar. Después de ese tiempo, cualquier cosa pesa bastante.

Fue al abandonar el río, antes de cruzar el tercer puente, cuando nos topamos con un vaqueano que a cuesta de dos caballos, traía cargado el equipaje de otro grupo de aventureros. Allí nos enteramos que, avisándole por los servicios sociales de la radio local, la próxima vez nos estaría esperando en el lago y subiría, en el lomo de sus caballos, todo el equipaje por nosotros. También nos dijo que es mejor reservar el lugar en el refugio de la CONAF (si no llevarse alguna carpa) y que para no tener que transportar todos los alimentos, los visitantes pueden comprar ahí mismo pan, leche, huevos, carne, algunas verduras y frutas para comer durante su estadía.


El Puntiagudo

Cuatro horas después de haber dejado el lago, comenzamos a ver la punta rocosa del volcán Puntiagudo. Sólo faltaban 2 horas y media de caminata a nuestro ritmo lento -de grupo heterogéneo y desentrenado. Para arribar al refugio cruzamos, en total, cinco puentes colgantes bastante precarios, como los de las películas, pero prácticos. Al llegar, encontramos una construcción de tejuelas de Alerce en el faldeo del volcán, tapizada internamente con cañas varnizadas y una cocina económica que la calefaccionaba. Después de instalarnos, nos pusimos los trajes de baño y fuimos hasta las termas. Allí existe una casa con dos cuartos, un lugar para cambiarse y una pileta de madera de Alerce repleta de agua termal, que se renueva permanentemente a una temperatura más que agradable. Los chapuzones fueron reconfortantes, aunque no todo el grupo cumplió con los consejos de los lugareños: después de permanecer en las piletas, tirarse al río frío para crear un efecto revitalizador.

Nuestros deseos de cruzar los Andes en mountain bike ya se habían cumplido. Sólo restaba empacar y desandar los caminos transitados por una zona de bellas postales. Dos días más tarde estábamos de vuelta en Puerto Frías, el punto de partida de esta singular Aventura.

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    Team Equipo KEOPS, patrocinado por Pinarello y Rudy Project
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Conquista de los Andes
Cruzar la Cordillera de los Andes montados en bicicleta.

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